El sistema educativo tiene una crueldad particular que raramente se nombra: le pide a una persona de 17 años que decida qué va a ser el resto de su vida, en un momento en que esa persona apenas está descubriendo quién es. Y cuando esa decisión resulta equivocada — como ocurre con más frecuencia de la que admitimos — la persona carga con la culpa de haber "elegido mal", como si hubiera alguna manera de elegir bien en esas condiciones.
La verdad es que la mayoría de las carreras no se eligen. Se heredan de las expectativas familiares, de la moda del momento, de lo que el colegio ofrecía o de lo que al vecino le fue bien. La elección consciente, basada en autoconocimiento real, es la excepción.
He conocido ingenieros extraordinarios en comunicación. Abogados brillantes en tecnología. Psicólogos que resultaron ser empresarios excepcionales. El título es el punto de partida, no el destino. Lo que determina dónde llegas es tu capacidad de aprender continuamente, de conectar conocimientos de campos distintos y de encontrar dónde tu perfil particular agrega valor único.
La pregunta útil no es "¿qué debería haber estudiado?" sino "dado lo que soy y lo que sé, ¿hacia dónde puedo moverme que tenga sentido?" Esta pregunta tiene respuestas concretas. La otra solo produce arrepentimiento.
Si tienes 17 años y estás a punto de elegir, o si tienes 35 y estás pensando en cambiar de dirección: el proceso es el mismo. Empieza por entender qué haces cuando nadie te pide que hagas nada. Qué lees cuando puedes leer cualquier cosa. Qué problemas te generan curiosidad en lugar de aburrimiento. Ahí está la información más útil que vas a encontrar. Todo lo demás es ruido.
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